
La semana pasada estuvo en Madrid una de mis mejores amigas, que a primeros de año se fue a vivir cerca de París. Aparte de los reencuentros con familia y amigos aprovechó para solucionar papeleo de la Seguridad Social y tal. ¡En buena hora lo hizo!
La chica tenía que renovar las tarjetas sanitarias europea y madrileña. Cuál fue su sorpresa cuando le dicen que
está dada de baja, que no tiene cobertura sanitaria.
De un tiempo a esta parte se está dando de baja a la gente que lleva más de 2 meses sin trabajar. Teniendo en cuenta la tasa actual de paro en España, eso supone la baja de un número considerable de afiliados.
Para esta chica la
jodienda ha sido grande, puesto que ha tenido que pagar de su bolsillo las visitas al médico en Francia, cuando ella contaba con tener cobertura desde España. Pero de los males ha sido el menor, ya que según me dijo, en Francia 1 noche de ingreso hospitalario son 500€ (aquí no tengo idea).
Yo llevo sin trabajar casi 1 año. Bueno, trabajando sí, pero sin contrato. Formo parte de la economía sumergida.
No me apedreéis, por favor, que tendré que romper el cerdito para pagar los costes médicos. Al ver que yo estaba en la misma situación burocrática que ella, y aunque en estos meses nunca me han puesto pegas en el ambulatorio, me acerqué a preguntarles qué pasaba conmigo.
En el mostrador estábamos 3 veinteañeros preguntando exactamente lo mismo, y recibiendo idéntica respuesta.
Tenemos que volver a ser beneficiarios de nuestros padres.
Es curioso que nos esté pasando a todos lo mismo. A ver, no me voy a poner a protestar porque entiendo que es una medida justa. Viendo el panorama, iba a llegar un momento en el que el número de afiliados beneficiándose de la cobertura de la seguridad social sin cotizar, iba a superar al de trabajadores que pagan impuestos. Yo entiendo que eso no es justo, pero digo yo que se podía haber
enviado una carta o haber puesto carteles informativos en los centros sanitarios, ¿no? Porque no es normal que ninguno estuviésemos al tanto.

Pero bueno, como sólo había una solución, pues me conciencié de que tenía que recorrerme yo también las oficinas y hacer los trámites necesarios. Me informé de qué documentos tenía que llevar, para no hacer viajes en balde y ahí surgió el primer problema. Hay que presentar el Libro de familia. Busca tú dónde está el librito que no se ha tocado desde hace más de 20 años... Nada, misión imposible, así que viaje al Registro Civil y a esperar los días que tardan en prepararlo.
Mientras tanto, cruzando los dedos para no ponerme mala. Para lo que me sirvió... A los 2 días me pongo malísima.
Sicosis a mi alrededor temiéndose que fuera la Gripe A. ¡Y yo sin poder ir al médico! Cuando me aventuré a ir al ambulatorio me sentía como una ilegal, una
sin papeles...
Tuve suerte y primó mi mala cara y los ojos de pánico de la auxiliar al explicarle lo que me pasaba. Me habría dado la mascarilla con unas pinzas con tal de no tener que acercarse, la pobre.
Al final no era la famosa gripe, y ya estoy recuperándome, pero el susto y la incertidumbre de no saber qué iba a pasar conmigo al no tener cobertura, no nos lo quita nadie.
Lo mejor de todo es que ¡he sobrevivido! A la supuesta H1N1 y a las trampas burocráticas. Ahora vuelvo a estar al cargo de papi y mami en lo que a sanidad se refiere...