Me desperté con el corazón a mil. Cuando me incorporé en la cama aún jadeaba. Hacía tiempo que no tenía una fantasía de estas. ¿Será la forma en que mi subconsciente pide sexo, o simplemente consecuencia de la fiebre?Os cuento: Yo estaba en un barco, en lo que parecía ser un viaje de placer –y lo cual acabaría corroborando-. Había anochecido y me fui a mi camarote, cuál es mi sorpresa cuando veo un macuto en el suelo, pero su dueño no parecía estar. Yo me quité la ropa y me puse el pijama, y me tumbé en la cama a dormir. Al cabo de un rato sonó la puerta, alguien la abría con cuidado. Una silueta masculina penetró en la habitación. Se despojó de toda ropa excepto sus boxer. Ahuecó un poco las sábanas y se metió bajo ellas sin ningún pudor. Yo estaba paralizada, no sentía temor sino tranquilidad, como si conociese a ese hombre de siempre. Y tanto que le conocía. En cuanto sus manos comenzaron a recorrer mi piel, su lengua se acercó cálidamente a mi cuello y yo intuí con la poca luz que había el tatuaje que le cubría toda la pierna, le reconocí. Era el escalador con quien hará cosa de un año mantuve un affaire en plena naturaleza. Cómo olvidar aquellos momentos en los que ya no distingues si los gemidos los produces tú o algún animal de los alrededores. Porque eso es lo que éramos, dos animales en celo entregados a la lucha cuerpo a cuerpo.
Esa noche tuvimos la sesión de sexo más salvaje que he vivido en años. Sudamos, gemimos, nos mordimos, nos arañamos. Nos batíamos en un duelo que ninguno de los dos estábamos dispuestos a perder entre las sábanas. En un momento en que bajó la intensidad alguien más entró y dio la luz. Al vernos allí se quedó mirando sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Finalmente dio media vuelta y se marchó. Nosotros nos miramos y él volvió a tomar como punto de apoyo mis pechos para continuar con su escalada…






